Antonio Buero Vallejo: En la ardiente oscuridad

ANDRÉS.- ¡No te marches!

CARLOS.- (Con aparente benevolencia) Déjale, Andrés... Es comprensible. No tiene todavía seguridad en sí mismo...

IGNACIO.- (Junto al velador de la derecha) Y por eso necesito mi bastón, ¿no?

CARLOS.- Tú mismo lo dices...

IGNACIO.- (Cogiendo sin ruido el cenicero que hay sobre el velador y metiéndoselo en el bolsillo de la chaqueta.) Todos lo necesitamos para no tropezar.

CARLOS.- ¡Lo que te hace torpezar es el miedo, el desánimo! Llevarás el bastón toda tu vida y tropezarás toda tu vida. ¡Atrévete a ser como nosotros! ¡Nosotros no tropezamos!

IGNACIO.- Muy seguro estás de ti mismo. Tal vez algún día tropieces y te hagas mucho daño... Acaso más pronto de lo que crees. (Pausa.) Por lo demás, no pensaba marcharme. Deseo contestarte, pero permitidme todos que lo haga paseando... Así me parece que razono mejor. (Ha tomado por su tallo el velador y marcha, marcando bien los golpes del bastón, al centro de la escena. Allí lo coloca suavemente, sin el menor ruido.) Tú, Carlos, pareces querer decirnos que hay que atreverse a confiar, que la vida es la misma para nosotros y para los videntes...

CARLOS.- Cabalmente.

IGNACIO.- Confías demasiado. Tu seguridad es ilusoria... No resistiría el tropiezo más pequeño. Te ríes de mi bastón, pero mi bastón me permite pasear por aquí, como hago ahora, sin miedo a los obstáculos.

(Se dirige al primer término derecho y se vuelve. El velador se encuentra exactamente en la línea que le une con CARLOS)

CARLOS.- (Riendo.) ¿Qué obstáculos? ¡Aquí no hay ninguno! ¿Te das cuenta de tu cobardía? Si usases sin temor tu conocimiento del sitio, como hacemos nosotros, tirarías ese palo.

IGNACIO.- No quiero tropezar.

CARLOS.- (Exaltado.) ¡Si no puedes tropezar! Aquí todo está previsto. No hay un sólo rincón de la casa que no conozcamos. El bastón está bien para la calle, pero aquí...

IGNACIO.- Aquí también es necesario. ¿Cómo podemos saber nosotros, pobres ciegos, lo que nos acecha alrededor?

CARLOS.- ¡No somos pobres! ¡Y lo sabemos perfectamente! (IGNACIO rie sin rebozo.) ¡No te rías!

IGNACIO.- Perdona, pero... me resulta tan pueril tu optimismo... Por ejemplo, si yo te pidiera que te levantases y vinieses muy aprisa a donde me encuentro, ¿quieres hacernos creer que lo harías sin miedo...?

CARLOS.- (Levantándose de golpe) ¡Naturalmente! ¿Quieres que lo haga?

(Pausa.)

IGNACIO.- (Grave.) Sí, por favor. Muy deprisa, no lo olvides.

CARLOS.- ¡Ahora mismo!

(Todos los ciegos adelantan la cabeza, en escucha. CARLOS da unos pasos rápidos, pero de pronto la desconfianza crispa su cara y disminuye la marcha, extendiendo los brazos. No tarda en palpar el velador, y una expresión de odio brutal le invade.)

IGNACIO.- Vienes muy despacio.

CARLOS.- (Que, bordeando el velador, ha avanzado con los puños cerrados hasta enfrentarse con IGNACIO.) No lo creas, ya estoy aquí.

IGNACIO.- Has vacilado.

CARLOS.- ¡Nada de eso! Vine seguro de convencerte de lo vano de tus miedos. Y... te habrás persuadido... de que no hay obstáculos por en medio.

IGNACIO.- (Triunfante) Pero te dio miedo. ¡No lo niegues! (A los demás) Le dio miedo. ¿No le oísteis vacilar y pararse?

MIGUEL.- Hay que reconocerlo, Carlos. Todos lo advertimos.

CARLOS.- (Rojo.) ¡Pero no lo hice por miedo! Lo hice porque de pronto comprendí...

IGNACIO.- ¡Qué! ¿Acaso que podía haber obstáculos? Pues si no llamas a eso miedo, llámalo como quieras.

MIGUEL.- ¡Un tanto para Ignacio!

CARLOS.- (Dominándose) Es cierto. No fue miedo, pero hubo una causa que... que no puedo explicar. Esta prueba es nula.

IGNACIO.- (Benévolo) No tengo inconveniente en concedértelo. (Mientras habla se encamina al grupo para sentarse de nuevo.) Pero aún he de contestar a tus argumentos... Estudiamos, sí; (A todos.) la décima parte de las cosas que estudian los videntes. Hacemos deportes..., menos nueve décimas partes de ellos. (Se ha sentado plácidamente. CARLOS, que permanece inmóvil en el primer término, cruza los brazos tensos para contenerse.) Y en cuanto al amor...

ALBERTO.- Eso no podrás negarlo.

IGNACIO.- El amor es algo maravilloso. El amor, por ejemplo, entre Carlos y Juana. (JUANA, que ha seguido angustiada las peripecias de la disputa, se sobresalta) ¡Pero esa maravilla no pasa de ser una triste parodia del amor entre los videntes! Porque ellos poseen al ser amado por entero. Son capaces de englobarle en una mirada. Nosotros poseemos... a pedazos. Una caricia, el arrullo momentáneo de la voz... En realidad no nos amamos. Nos compadecemos y tratamos de disfrazar esa triste piedad con alegres tonterías, llamándola amor. Creo que sabría mejor si no la disfrazásemos.

MIGUEL.- ¡Segundo tanto para Ignacio!

CARLOS.- (Conteniéndose.) Me parece que has olvidado contestar a algo muy importante...

IGNACIO.- Puede ser.

CARLOS.- Los matrimonios entre videntes e invidentes, ¿no prueban que nuestro mundo y el de ellos es el mismo? ¿No son una prueba de que el amor que sentimos y hacemos sentir no es una parodia?

IGNACIO.- ¡Pura compasión, como los otros!

CARLOS.- ¿Te atreverías a asegurar que don Pablo y doña Pepita no se han amado?

IGNACIO.- ¡Ja, ja, ja! Yo no quisiera que mis palabras se interpretasen mal por alguien...

ANDRÉS.- Todos te prometemos discreción.

(DOÑA PEPITA avanza por la derecha de la terraza hacia la portalada, mirándolos tras los cristales. Al oír su nombre se detiene.)

IGNACIO.- La región del optimismo donde Carlos sueña no le deja apreciar la realidad. (A CARLOS.) Por eso no te has enterado de un detalle muy significativo que todos sabemos por las visitas. Muy significativo. Doña Pepita y don Pablo se casaron porque don Pablo necesitaba un bastón; (Golpea el suelo con el suyo.) pero, sobre todo, (Se detiene.) por una de esas cosas que los ciegos no comprendemos, pero que son tan importantes para los videntes. Porque... ¡doña Pepita es muy fea!

(Un silencio. Poco a poco, la idea les complace. Ríen hasta estallar en grandes carcajadas. CARLOS, violento, no sabe qué decir.)

MIGUEL.- ¡Tercer tanto para Ignacio!


[Otras Vidas]