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Es posible que prefiramos las novelas a la poesía, que haya
personajes reales que se enamoran y «todo eso», pues, sigue
diciendo el autor, «todo eso» no es otra cosa sino el
«argumento». De hecho, lo primero que hacemos frente a un
cuadro o una pieza literaria es buscar la «historia», el
argumento, la secuencia, la claridad. Sin embargo, lo que constituye la
verdadera esencia de las historias, al menos de las mejor contadas, es
aquello que se esconde o no se acaba de decir, lo que queda abierto a la
interpretación -- el secreto. Lo que, en pocas palabras, se
plantea como deducción, lo que deja a la autoridad misma de la
historia «bien contada» tambaleándose y a la historia
herida, sin posibilidad de un final único, de un desvelamiento
que no sea la mera aproximación al secreto, a lo que no se puede
acabar de nombrar.
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