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Hay que tratar de explicar el mundo, traducirlo. Es necesario querer
habitar esa frontera en la cual los lenguajes hablados a un lado y al
otro sean comprensibles a ambos lados. Ocupar la franja movediza -- ni
dentro ni fuera --, para la cual Occidente está mal pertrechado;
una franja tan fina, que basta un paso en falso y la vida se transforma
para siempre. Ése es el lugar que se llama y podría no
llamarse hielo, pasado, memoria, muerte, piel, máscara... Es el
lugar que los Pende reconocen sólo con verlo y que saben
cómo nombrar -- o, mejor aún, que aceptan como un lugar
sin nombre. Porque siendo dos cosas no es ninguna y es aquello que
perturba los planes de orden, pese a jugar a satisfacerlos. Ése
es el lugar en el cual se debería aspirar a vivir, aunque duela;
ese lugar que no siendo dentro tampoco es fuera; que no representando al
espíritu, lo representa; que no es mar ni es tierra; ni es antes
ni es después. Ese lugar, en suma, para el cual no hay nombre,
sino aproximaciones al nombrar.
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