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Si los viajes no son nunca como los soñamos, las vueltas tampoco
llenan nuestras expectativas: salir o llegar son ficciones, actos
compulsivos, territorios de la paradoja. El puerto de salida y el
puerto de llegada decepcionan con frecuencia, simbolizan la
insatisfacción moderna de no poder vivir al fin en sitio alguno,
vivir a cada instante con el alma perdida en las antípodas del
lugar donde nos hallamos. La «casa», el supuesto territorio
de la pertenencia, es tan inconcreta como el puerto de llegada y a
menudo diferente de la que habitamos. Más aún: el
«deseo de habitar» reenvía a un umbral que no somos
siquiera capaces de reproducir en la memoria, a un lugar
quimérico que jamás vimos y que nunca llegaremos a ver,
una diluida reminiscencia de lugar.
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