Ramón Gaya: El sentimiento de la pintura |
|
Se pensó que el arte era una especie de comentario más o menos agudo, penetrante, intenso, que unas personas especialmente dotadas -- los artistas -- hacen del espectáculo de la realidad. Ni siquiera es, como supone Bergson, una visión más directa de la realidad. El arte es realidad, el arte es vida él mismo y no puede, por tanto, separarse de ella para contemplarla; el arte no es otra cosa, no puede ser otra cosa que vida, carne viva, aunque, claro, no sea nunca mundo. Pero al entreverse -- por parte de los más listos -- que le arte no es mundo, se pensó que tampoco podía ser vida, sino... ARTE, arte artístico, ensoberbecido, es decir, algo separado, artificial, abstracto, y se llegó con facilidad a ese ahogo del arte por el arte; los más tontos, al entrever que el arte no había sido nunca mundo, lo supusieron defectuoso, lo encontraron en falta, e intentaron reformarlo, moralizarlo, llenarlo de obligaciones y justificaciones, o sea, intentaron... mundanizarlo, socializarlo. Pero ni tontos ni listos (esas dos variantes de una misma esterilidad) nos llevarán a nada verdadero. El historiador, el crítico, el esteta, se mueven fatalmente en el error no por incapacidad personal, sino por su situación falsa, por su emplazamiento absurdo. Cuando el crítico, por ejemplo, se planta delante de una obra, no lo hace como hombre -- con su compuesto natural de ignorancia y saber --, sino como perito; deja, pues, automáticamente, de ser alguien, para convertirse en algo y, a partir de ese momento, todo lo que sucede no sucede ya dentro de un espacio vivo y entre seres vivos, sino entre cosas, entre simples cosas inanimadas. ¿Qué puede, pues, importarnos, que tales cultivadores se llamen Burckhardt, o Winckelmann, o Ruskin, o Pater, autores, sin duda, eminentes, si todo aquello que nos digan será siempre el fruto de una relación, no ya equivocada -- eso no sería tan grave --, sino de una relación que no ha tenido lugar, que no se ha efectuado, que no ha sido? Y no ha sido, no ha podido ser porque el crítico -- ese algo que es el crítico -- no puede acercarse a una obra con naturalidad de hombre, con simpleza de hombre, sino que armado, avisado, conocedor, se enfrentará con ella, se plantará delante de ella como un... policía, como esa cosa que es un policía; pero en un interrogatorio policíaco, es sabido, pueden arrancarse verdades, pequeñas verdades (y también mentiras, grandes mentiras), pero no puede establecerse nunca ninguna relación, ninguna comunicación. |