Ramón Gaya: El sentimiento de la pintura

En la culta viciosidad vigente no hay que preguntarse nada; se nos da a entender que los artistas son seres dotados de preciosas facultades para tal o cual tarea artística preestablecida, y cuando esos extraños seres tropiezan, en su niñez, con un producto de arte convincente, pueden dedicarse en lo sucesivo, con gusto y aplicación, a una de esas hermosas labores, adobadas, eso sí, con un poco de "erotismo" y otro poco de "religiosidad". ¡Qué disparate! Un pintor es un hombre, me atreveré a decir, igual que los otros, pero más gravemente, más vivamente herido por la realidad. No es lo suyo, pues, una simple "visión", sino más bien como una herida; no es una visión nuestra de la realidad, sino una acción, una actuación de la realidad misma sobre nosotros, una violencia suya sobre el alma nuestra. Por eso la obra de creación brotará del centro del alma, del nido del alama, y no de la caja del espíritu, como sucede con la obra de arte artística. La creación, como pudimos ver, es siempre una obediencia. El creador no viene a imponernos nada, puesto que no se mueve dentro de un mundo social e histórico -- que es en donde suceden todos los trajines, los acontecimientos, los reinados, las revoluciones --, como en cambio se mueve, remueve y trabaja el artista artístico; el creador se somete, cede, porque es naturaleza. Se somete de buen grado a la realidad y a esa herida que la realidad le regala como un don.


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