Juan Goytisolo: Paisajes después de la batalla

Una tarde en la Ópera

[...] ¡Los mineros encerrados en los pozos de Katowice se sentirían sin duda muy reconfortados si supieran que a mil kilómetros del lugar en donde siete de sus compañeros acaban de ser acribillados a balazos por un ejército popular-democrático armado de cañones y tanques, una brillante asamblea de vedettes y notables se emociona con su destino, vierte lágrimas por su suerte, solloza interiormente a la escucha de los compases del gran Frédéric! Encaramado a lo alto del paraíso, en una percha oscilante del gallinero, escucharás como desde una nube las observaciones y apostillas de dos entendidos mientras el intérprete de la Polonesa desgrana melancólicamente sus notas en el teclado con ademanes sobrios y escuetos: ¿será posible? ¡Ha fallado nada menos que el si bemol! ¡En mi vida he oído una pifia así! ¡Es una auténtica estafa! Elevado a las cumbres seráficas por la música del gran Frédéric, pedirás cortésmente los gemelos a la vagarosa melómana trepada en la percha vecina, apuntarás con ellos a rostros conocidos y pletóricos de su propia importancia y, contagiado por la exaltación colectiva, decidirás planear también en tu altura y encenderás tranquilamente un canuto de excelente kif de Ketama. Los mineros del pozo Wujak, desesperadamente recluidos desde hace días en su sombría soledad de fondo, contemplan ahora contigo el elenco, la esplendente farándula de protagonistas y actores de la inolvidable manifestación de apoyo al pueblo inmolado y yacente por causa de la justicia y libertad universales: cantando Aída o Don Giovanni en el vasto y soberbio escenario, voglio fare el gentiluomo e non voglio più servire, todos cogidos de la mano, haciendo reverencias y pasos de baile, robándose luz frente a las cámaras, saludando alborozadamente al público. El final previsible, anunciado ya por la irrupción de las guitarras de la simpática tuna universitaria, te obligará a brincar de la percha del gallinero y refugiarte bajo la falda de la vecina de los gemelos, a falta de poder hacerlo, como los patéticos e irrisorios mineros de Katowice, en la negrura del claustro materno: ¡los invitados a llorar en la ópera por el sino de la desdichada Polonia corearán para ti, y para ustedes, su mundialmente aplaudida versión del célebre y ya inmortal Clavelitos!


[Otras Vidas]