E. Rodríguez Marchante: Un cofre lleno de secretos y visiones

 

Hace treinta años que Víctor Erice hizo «El espíritu de la colmena» y, cuando la hizo, contó una historia de treinta años atrás, 1940. Es decir, que si plegáramos la película de Erice por la época en que fue hecha, prácticamente se besarían el año en que ocurre la historia y nuestra actualidad. Un siniestro beso.

«El espíritu de la colmena» nació ya como una obra maestra, como una pulsión entre los silencios y la elocuencia, y vista hoy, la película de Erice es un cofre lleno de secretos, de claves, metáforas, anagramas y visiones..., es probablemente la película más preñada de símbolos y dobleces que se ha hecho o que se ha visto nunca.

Entre la piel de la liviana historia sobre una chiquilla y sus monstruos, o sobre un pueblo y sus vencidos, o sobre el cine y la ilusión --frankensteiniana-- de recoser la vida con pedazos muertos..., entre esas capas de historia se acuñan ideas y sensaciones cargadas de significados y llenas de la fuerza atroz de lo escondido, de lo disimulado entre sugerencias y neblinas.

Cuánto caudal de sentimiento se nos oculta y se nos sugiere en el interior de esa casa, a través de cuyos ventanales penetra una luz melosa de panal. Qué nos dice ese ruido de tren, ese vapor de viaje y esas pajaritas de papel sobre la mesa de un escritorio estéril. Esa pareja que se agosta en invierno y se diluye en seco. Esas cartas que envuelven misterio e infelicidad. Ese camino desde casa a ningún lugar. Qué se busca, sordidez o candidez, en la imagen de una niña --Caperucita o de una niña-- Eva que le ofrece una manzana a un hombre que ya perdió su paraíso. Qué hay debajo o detrás de las setas venenosas... Cuánto de Lorca en esos labios que sangran, en esa caseta a la intemperie con dos puertas negras, en ese reflejo de luna untado de muerto viviente... Cuánto de Buñuel en ese cadáver delante de lo que fue pantalla de cine... Y cuánto de Quevedo o de Valle en ese soniquete que nos advierte de que vamos a contar mentiras, tralará. Pero. sobre todo, cuánto de Fernández Santos y de Erice, niños de postguerra, en ese modo de escuchar el futuro en las vías del tren o de arrojarse sin cautelas a la visión de aquel monstruo desmesurado, deforme, amenazante, todopoderoso y sombrío que asoló el paisaje de su infancia.


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