Amélie Nothomb: Metafísica de los tubos

En 1945, en Okinawa, isla del sur de Japón, ocurrió, ¿qué? No encuentro las palabras para describir aquello.

Fue justo después de la capitulación. Los habitantes de Okinawa sabían que la guerra estaba perdida y que los americanos, que ya habían desembarcado en su isla, iban a avanzar sobre su territorio entero. También sabían que la nueva consigna era no luchar.

Allí se acababa su información. Poco antes, sus jefes les habían dicho que los americanos los matarían a todos: los insulares se habían quedado con esa convicción. Y cuando los soldados blancos empezaron a avanzar, la población empezó a retroceder. Y fueron retrocediendo a medida que el enemigo victorioso iba ganando terreno. Y llegaron al extremo de la isla, que terminaba en un alto y abrupto acantilado dominando el mar. Y como estaban convencidos de que iban a matarles, la inmensa mayoría de ellos se lanzó hacia la muerte desde lo alto del promontorio.

El acantilado era muy elevado y, debajo, la orilla estaba erizada de afilados arrecifes. Ninguno de los que se precipitó al vació sobrevivió. Cuando los americanos llegaron, se quedaron horrorizados ante lo que vieron.

En 1989 visité aquel acantilado. Nada, ni siquiera una pancarta, recuerda lo que allí ocurrió. Miles de personas se suicidaron durante horas sin que el lugar parezca sentirse afectado. El mar engulló los cuerpos que se habían despachurrado contra las rocas. En Japón, el agua sigue siendo una causa de muerte más corriente que el seppuku.

Resulta imposible permanecer en ese lugar sin intentar ponerse en la piel de los que se lanzaron a aquella muerte colectiva. Es probable que muchos se suicidaran por temor a ser torturados. También resulta verosímil que el esplendor de aquel lugar animara a otros a cometer aquel acto que simbolizaba la soberbia patriótica.

Eso no quita que la ecuación primera de aquella hecatombe sea la siguiente: desde lo alto de aquel magnífico acantilado, miles de personas se mataron porque no querían que les mataran, miles de personas se lanzaron hacia la muerte porque le tenían miedo a la muerte. Hay aquí una lógica de la paradoja que me deja estupefacta.

No se trata de aprobar o desaprobar un gesto semejante. No les sirve de nada, por otra parte, a los cadáveres de Okinawa. Pero insisto en pensar que la mejor razón para el suicidio es el miedo a la muerte.


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