Amélie Nothomb: El sabotaje amoroso |
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Para colmo de crueldad, la nieve. La nieve, que por más fea y gris que fuera, como la Ciudad de los Ventiladores, no dejaba por ello de ser nieve. La nieve, en la que mis titubeos analfabetos habían visto la imagen del amor por excelencia, lo cual me iba a costar muy caro. La nieve, en absoluto inocente bajo su apariencia de cándida beatitud. La nieve, sobre la cual leía preguntas que me producían mucho calor y, a continuación, mucho frío. La nieve, sucia y dura, que acababa comiendo con la esperanza de encontrar, en vano, una respuesta. La nieve, agua explosionada, arena de hielo, sal no ya de la tierra sino del cielo, sal no salada, con gusto a sílex, con textura de gema molida, perfume de frialdad, pigmento de blanco, único color que cae de las nubes. La nieve, que todo lo amortigua -- los ruidos, las caídas, el tiempo -- para subrayar mejor las cosas eternas e inmutables como la sangre, la luz, las ilusiones. La nieve, primer papel de la Historia, sobre el cual fueron escritas tantas pisadas, tantas despiadadas persecuciones, la nieve fue, pues, el primer género literario, inmenso libro a flor de tierra que sólo trataba de huellas de caza o del itinerario de su enemigo, suerte de epopeya geográfica que le daba a la más mínima señal un valor de enigma: aquella huella, ¿era de su hermano o del asesino de su hermano? De aquel libro kilométrico e inacabado, que podría titularse El Libro Más Grande del Mundo, no se ha conservado ningún fragmento, ocurre lo contrario que con la biblioteca de Alejandría: todos los textos se han derretido. Pero ha tenido que quedarnos una lejana reminiscencia que surge con cada nevada, una especie de angustia de la página en blanco, que despierta un deseo terrible de recorrer los espacios todavía víregenes, e instinto de exégeta desde el momento en el que te cruzas con la huella de otro. En el fondo, fue la nieve la que inventó el misterio. Por el mero hecho de existir, ella fue la que inventó la poesía, la lámina, el signo de interrogación, y ese gran juego de persecución que es el amor. La nieve, falsa mortaja, inmenso y vacío ideograma en el que descifraba el infinito de sensaciones que deseaba ofrecerle a mi bienamada. No me preocupaba saber si mi deseo era puro o impuro. Sólo sentía que aquella nieve hacía que Elena fuera todavía más irresistible, el misterio todavía más estremecedor y la consigna todavía más insoportable. Nunca la llegada de la primavera fue tan deseada. |