Gonzalo Torrente Ballester: Don Juan |
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- Ayer me llevó a su casa. Habló muchas horas, no sé cuántas, porque yo me dormí, quizá porque él quería que me durmiese. Esta mañana al despertar, estaba sola. Me pareció, como siempre, natural. Le esperé. Creo haber comido algo, o quizá no haya comido, porque andaba como enajenada. El llegó al mediodía, me dijo "¡Hola!", y se puso a tocar el piano. Me senté a escucharle. No dijo una sola palabra, sino que tocaba, tocaba y yo me sentía envuelta por la música. Era una música táctil, penetrante. ¡Oh! Era una música vulgar y archiconocida, pero que yo sentía así. Sentía sus ondas largas y vibrantes tocar mi cuerpo y envolverlo, entrar en él y encender algo dentro de mí, algo que empezó a arder, a quemarse, a tirar de mi ser quieto hacia un fuego oscuro. Mi alma estaba traspasada de túneles sombríos: yo entraba en ellos y los recorría empujada por la música, caminaba por ellos segura y ciega, ciegos los ojos y alumbrada la sangre, encendida la sangre; y era como si ascendiese hacia una cima cuya inmensa oscuridad me estremecía de espanto y me atraía hacia un alto lugar situado dentro de mí en el que se confundían la dicha, la Eternidad y la Nada. Así ascendí, anhelante, dolorida, hasta que mis nervios dejaron de sentir y empezaron a vibrar como cuerdas de guitarra sollozante, hasta que yo misma, tocando ya la Nada con mis manos, era enteramente música y sollozo y estaba a punto de romperme en un acorde aniquilador. No pude más. Dejé de arder, dejé de oír la sangre, y lo que esperaba sin saberlo me recorrió como una ola de placer interminable. Fue la primera experiencia sexual completa de mi vida, a la que asistía asombrada y anonadada, a la que me entregué como a un abismo. Cuando se desvaneció, la música seguía sonando, me envolvía, me abrazaba con sus largos brazos opresores, pero yo era distinta. Había un torbellino a mi alrededor y otro dentro de mí, y yo me movía como ellos, yo corría detrás de algo con mente oscura y corazón ardiente. Me encontré delante de él, desnuda; puse mi mano sobre su brazo y le dije: "Ven". Entonces, él dejó de tocar, me miró, sonrió y dijo: "¿Para qué? Vístete". Esta palabra me reveló que estaba desnuda sin saber quién me había desnudado: hizo cesar el vértigo y me devolvió a mí misma; pero todavía el deseo me dominaba, y repetí: "Ven". No me hizo caso. Volvió a tocar y se rió. Sentí vergüenza, una vergüenza infinita, y me sentí despreciada, pero el deseo peleaba todavía en la oscuridad de mis venas. Insistí. Quizá haya gritado y suplicado: "¡Ven!" El me miró. Por primera vez, en dos meses largos, se había quitado las gafas, y pude ver sus ojos llenos de burla, sus ojos fríos que, sin embargo, no se burlaban de mí, no me miraban a mí, sino a algo que estuviese detrás, infinitamente detrás. Comprendí en seguida, y no sé por qué destello de su mirada o por qué gesto de su cara, que yo no era nada par él, ni siquiera objeto de burla. Corrí a esconderme detrás del piano. Entonces, sin mirarme, sin dejar de tocar, dijo: "Ahí junto a tu mano, está la pistola". Efectivamente, mi mano tocó una pistola. Disparé sobre él. Vi cómo caía. No sé si grité o si quise escapar. tuve que vestirme, y, mientras lo hacía, recobré algo de calma. Pude acercarme a él y comprobar que vivía. Me pareció que no le había herido yo, me pareció no tener nada en común conmigo misma ni con lo que acababa de suceder y, sin embargo, sentía ya el remordimiento de haberle herido. Entonces, telefoneé al criado a varios lugares hasta hallarlo. Esto fue todo.
- ¿Ha hablado usted de seducir? ¿A lo que hace su amo llama usted seducir? No sea vanidoso. No sé si considerarlo como proveedor de experiencias místicas a domicilio o como agente provocador de orgasmos solitarios por inducción. Quizá sea ambas cosas. En cualquier caso, un personaje ridículo. |